Museos y exposiciones

Las Ánimas de Bernini en el Museo del Prado

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Gian Lorenzo Bernini (Nápoles, 1598- Roma, 1680) fue el más grande artista de la Roma barroca que desarrolló facetas de escultor, arquitecto, pintor, diseñador de fiestas y ceremonias, fuentes y otros repertorios ornamentales. Desde el 6 de noviembre y hasta el 6 de febrero de 2015, puede disfrutarse en el Museo del Prado de la exposición Las Ánimas de Bernini.

Las complejas relaciones diplomáticas y políticas de Roma con España se vieron reflejadas en los encargos a Bernini tanto de mecenas españoles en Roma (figuras tan fundamentales como el duque del Infantado, el cardenal Pascual de Aragón o el marqués del Carpio) como de la propia corona. Tienen que ver, muy especialmente con que Felipe IV buscara una presencia diplomática, religiosa y política en Roma, y financiara obras en algunas de las basílicas más simbólicas, desde San Pietro a Santa Maria Maggiore, así como se hicieran encargos para El Escorial o el Real Alcázar de Madrid.

La muestra se vertebra en tres secciones que ilustran la compleja relación de Bernini con España y, al tiempo, constituye casi una síntesis de su propia evolución como artista polifacético, recorriendo un rico itinerario desde algunos de los grandes proyectos arquitectónicos y urbanísticos a sus escenográficas capillas y esculturas, así como a sus fuentes, pinturas y dibujos para otros proyectos, ya fueran efímeros y festivos, decorativos o suntuarios.

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Retratos del alma

Los retratos del alma y de sus emociones tuvieron su correspondencia en bustos y rostros, ya se tratase de representaciones de personajes históricos o religiosos, mitológicos o de autorretratos. Con apenas veintiún años realizó el que posiblemente sea su primer encargo para un prelado español en Roma, Pedro de Foix Montoya, al que también retrató poco después de manera memorable.

Esculturas del alma, el Anima beata se ilumina ante la contemplación de la belleza de la gloria, mientras que elAnima dannata, condenada, expresa el horror de lo infernal, como si hubiera sido experimentado por el propio artista, en singular autorretrato oculto. Este procedimiento lo usaría posteriormente, sobre todo con la figura de Davidcomo excusa, para cuyo rostro, pintado o esculpido, se dice que se sirvió del gesto tan legendario como amistoso de Maffeo Barberini, futuro Urbano VIII, al sujetarle un espejo en el que reflejar su rostro lleno de ira para hacer el del personaje bíblico.

Siempre casi vivos fueron sus retratos, como ocurre con el retrato de Scipione Borghese (1577-1633), tradicionalmente elogiado por el realismo de un rostro que parece comenzar a hablar al contemplarlo.

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Roma teatro de las naciones 

Durante los pontificados de Inocencio X y Alejandro VII, paralelos a un período extraordinariamente creativo, Bernini realizaría algunas de sus obras y proyectos más importantes, incluidas obras religiosas de argumento español tan significativas como el Éxtasis de Santa Teresaen la Capilla Cornaro en Santa Maria della Vittoria en Roma. Se trata de una época en la que, en relación con España, fueron más frecuentes los encargos de obras, la decoración para las ceremonias de canonización, las fiestas con arquitecturas efímeras y fuegos artificiales o los regalos diplomáticos a Felipe IV, coincidiendo con el compromiso filoespañol de esos papas.

Durante esos pontificados fue también cuando Felipe IV y sus embajadores en Roma intensificaron la presencia de la Monarquía en Roma mediante una calculada estrategia de propaganda dinástica, política y religiosa, que habrá de culminar con el proyecto de Bernini para un monumento a Felipe IV en Santa Maria Maggiore.

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Arte, religión y diplomacia. El último Bernini

Los últimos años de Bernini fueron especialmente significativos tanto en relación a su propia biografía como artista, como en sus contactos con España y sus embajadores en Roma. Así, durante los pontificados que se sucedieron desde Clemente IX Rospigliosi a Inocencio XI Odescalchi, Bernini, casi recién retornado de su fracasado viaje a París, en 1665, sufrió diferentes reveses. Por un lado, dejó de ser el protagonista indudable de las transformaciones de la Roma barroca, acentuando, sin embargo y como contrapartida, tanto su religiosidad como la preocupación por su propia fama y fortuna crítica.

Por otro, fue época de proyectos inacabados o no realizados para Clemente IX, de obras que sufrieron críticas que rozaron la sátira y el libelo, como ocurrió con su Constantino en la Scala Regia del Vaticano o con el infortunio de la escultura ecuestre para Luis XIV, cuya solución formal e iconográfica no fue comprendida en París. Pero también se trata de una época en la que pareció establecer una distinta relación con la Monarquía Hispánica y con Carlos II especialmente, gracias a los amistosos contactos que mantuvo con Gaspar de Haro y Guzmán, VII marqués del Carpio, embajador en Roma entre 1676 y 1682. Coleccionista célebre en toda Europa, Haro llegó a encargarle, entre otras obras, una réplica, casi a escala real, de la Fuente de los Cuatro Ríos de la Plaza Navona.

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