Hace unos días me fui a Orlando, pero no para visitar un parque de atracciones. Esta vez, cambié las montañas rusas por un parque flotante de comida. Literal. Me subí al Star of the Seas, el nuevo crucero de Royal Caribbean que acaba de hacer su debut desde Puerto Cañaveral. Sí, el que está bien cerquita de la NASA. De hecho, el nombre le va como anillo al dedo y la madrina elegida, Kellie Gerardi, astronauta, completa el círculo.

Pero no vamos a hablar del universo. Como buen heredero del Icon of the Seas, tiene un lema grabado en su eslora: «más grande, más alto, más de todo». Y si hablamos de comida, ese “más” se queda corto. A bordo hay más de 40 opciones para comer y beber. Y no es una forma de hablar. Aquí hay de todo.

Desde restaurantes incluidos en el precio del crucero (una media de 1.200 € en camarote interior y los 1.500 € en balcón por una semana) hasta otros de especialidad con menús degustación, jazz en directo o carne madurada al estilo steakhouse neoyorquino. La comida es parte fundamental de la experiencia a bordo, tanto como lo son los espectáculos de acrobacias sobre el agua o en una pista de hielo -sí, el barco tiene una a bordo-, los musicales con sello de Broadway o los toboganes imposibles que serpentean sobre la cubierta más alta del barco.

Una ciudad flotante donde puedes comer las 24 horas del día

Lo primero que impresiona es la logística. Este barco puede alojar a más de 7600 pasajeros y 2350 tripulantes. Es decir, unas 10.000 personas. Y todas comen. Varias veces al día. Sorprendentemente y a pesar del volumen de pasajeros, la organización es milimétrica. En las opciones tipo buffet las esperas son mínimas, incluso en horas punta, que aquí no coinciden con las nuestras: si vas a comer a las 14:00 como buen español, probablemente no encuentres cola.

En los restaurantes de especialidad los tiempos son como en cualquier restaurante de tierra firme: reservas previas y todo controlado. Hay más de 2.300 tripulantes trabajando a destajo para que todo funcione como un reloj

El “qué hay de comer” no es una pregunta, es una odisea. Es imposible que no te entre la ansiedad de “quiero probarlo todo y no sé cómo voy a hacerlo”. Pues aquí estoy yo para contároslo, que me pasé tres días haciendo un trabajo de campo para saber qué es lo mejor -y lo peor- de cada estación. Lo de contar calorías, me lo dejé en casa…

Empecemos por lo que viene incluido con el precio del crucero. Que no es poco. Como dice el CEO de la compañía, Michael Bayley, “cuando viajas con Royal Caribbean, deberías poder comer de todo y prácticamente todo está incluido.” La mejor forma de saber qué hay abierto a cada hora y qué sirven, es a través de la App de la naviera. Ahí está todo. Aunque lo cierto es que abruma.

Puedes comer tacos, hamburguesas, pizzas… Pero también un pad thai, una pita o platos más elaborados. Mi tradición personal -ya son varios los barcos que he probado de esta naviera- es embarcar, ponerme el bañador e irme a comer con pareo al Loco Fresh. Esta sería la opción tipo mexicana. Lo mismo te puedes armar un taco tú mismo con base de pollo, cerdo o ternera y pasarte por la zona de salsas -tienen guacamole, pico de gallo, limas a gogó y salsas picantes-, que cogerte algo hecho, como un burrito o las quesadillas, que para mí son top. Y eso que son de lo más sencillo, pero el queso que utilizan es de los que engancha.

¿Con qué seguir ahora? Con opciones infinitas. En Central Park (sí, como el de Nueva York), te rodean más de 20.000 plantas naturales y bancos donde sentarte a desconectar. Allí me topé con el Park Café, que por la mañana ofrece bagels y sándwiches y la hora de comer se transforma en un sitio ideal para coger ensaladas y más refrigerios. Tuna melt, sándwich de pastrami, focaccia con mozarella y pesto…

Más cosas. Las smash burgers de Base Camp, no tienen nada que envidiar a ninguna de las cadenas que han abierto en los últimos años en Madrid, mientras que en Surfside, el barrio pensado para familias, está el Surfside Eatery, ideal para comer especialidades americanas y tortitas para desayunar. Pero si hay algo que reivindicar aquí, es la pizza. La de Sorrento’s. Puedes comerla hasta las dos de la mañana y lo cierto es que está buenísima. Estilo americano, eso sí, con masa fina, recién hecha -no hay más que ver las decenas de hornos que tienen allí mismo- sabrosa y con opciones que van desde la de queso, al pepperoni e incluso algún día, la hawaina. Es uno de esos sitios que siempre son un sí, mientras paseas por el Royal Promenade. Vas una vez y repites.

Uno de mis favoritos fue el AquaDome Market. En la proa del barco y junto al teatro donde se dan las actuaciones acuáticas, hay cinco puestos distintos que funcionan como cualquier mercado gastronómico. El pad thai con pollo, las pitas con falafel, queso feta y hummus, el sándwich de brisket o pulled pork... Aquí sube el nivel de elaboraciones, todo hecho al momento y con mucho gusto. Un poco más flojo es el puesto de arepas y empanadas, a las que igual les falta algo de relleno, así como los crepes, que aunque están buenos, tampoco son de lo mejor del barco.

El buffet Windjammer es el clásico de Royal Caribbean y, aunque tiene opciones para todos los gustos, aquí es donde más se nota la cantidad. Un día se dedica a la cocina americana, otro a la caribeña… Y así suma y sigue. Ahora bien, si hay un punto débil en toda esta operación mastodóntica, probablemente sea aquí. Y ojo, no porque no haya variedad, sino porque algunas preparaciones, especialmente carnes y pescados, pierden textura al estar hechas con antelación. Si en el futuro le diesen una vuelta y apostasen por showcookings en vivo donde los cocineros terminen estos platos al momento, ganaría enteros. Aun así, siempre hay alguna estación (la de cocina asiática o la de pasta) que mejora la experiencia.

Por si esto fuera poco, cada noche de crucero, tienes una mesa asignada en Main Dining Room, que por la noche cuando se viste de gala (sin necesidad de ir emperifollado, con smart casual basta) y se convierte en una experiencia que recorre el mundo. Cada día cambian los platos del menú, así que puedes cenar allí toda la semana sin repetir. Terrina de pato con chutney de albaricoque, atún marinado con especias marroquíes con cuscús a la menta, chuleta de cerdo con mojo y boniato o un soufflé, son solo algunas de las cosas que sirven.

Restaurantes de especialidad: Para una ocasión especial (o si te quieres dar un capricho)

Además de todo esto, están los restaurantes de especialidad. Aquí el nivel sube. Y también la cuenta, claro, porque son de pago. Pero merecen la pena si quieres darte un homenaje. «No están pensados para ir todos los días. Son para una ocasión especial, para una cena top», afirma Bayley.

Su favorito: Chops Grille. Un clásico de la naviera donde puedes pedir el inimitable New York Strip Steak y terminar con la Royal Cheesecake. Hay muchos más. Hooked Seafood, especializado en mariscos y pescados -su langosta de Maine es más que decente-, el italiano Giovannis o Izumi, que tiene hibachi (el teppanyaki con todo el show) y parte de sushi con rolls, sashimi y nigiris, entre otros. Una novedad de este barco es Lincoln Park Supper Club, una experiencia ambientada en el Chicago de los años 30, con jazz en directo, menú de ocho pasos y cócteles de autor.

Los precios de estos tampoco son un capricho imposible: en el teppanyaki de Izumi puedes elegir la experiencia normal por 45,99 dólares o la premier por 49,99 dólares. El menú de Izumi Sushi cuesta 40 dólares e incluye entrante, principal y postre, al igual que sucede en Hooked Seafood con un menú nocturno de 64,99 dólares. Si hablamos de experiencias especiales, como la del Lincoln Park Supper Club, esta la más cara y se tarifa a 200 dólares la cena. No son cifras bajas, pero tampoco te dejan temblando el bolsillo.

Comer en masa. ¿Está la comida a la altura cuando se cocina para tantos?

¿Se puede mantener el nivel cuando cocinas para miles de personas? La respuesta es más compleja de lo que parece. En general, la calidad de la comida incluida está por encima de lo que uno esperaría. Y eso ya es mucho decir. Algunos platos sorprenden, otros cumplen. Pero en ningún momento sientes que te estén dando gato por liebre. Sí es cierto que las horas punta convierten ciertos espacios, como el buffet, en un desfile sin pausa, y que conviene organizarse bien para evitar aglomeraciones.

Por eso se agradece que haya tantas opciones, algunas mucho más tranquilas a la hora de la comida, donde comer sentado y con más calma, como The Pearl Café, que funciona casi como una cafetería boutique con bocados salados y dulces a lo largo del día.

Durante un tiempo, Royal flirteó con las colaboraciones de chefs estrella. El más mediático fue Jamie Oliver, que llegó a tener su Jamie’s Italian en varios barcos. Pero esa etapa ha quedado atrás. Hoy, la apuesta pasa por una experiencia firmada 100 % por la compañía. No hay grandes nombres, pero sí algunos conocidos. Izumi, por ejemplo, no es un simple sushi de batalla. Detrás está el chef Travis Kamiyama, fundador y creador del concepto, que abrió su primer Izumi hace 14 años y hoy está presente en más de 20 barcos de la flota.

En cuanto a materia prima, trabajan con ingredientes frescos, entregados en puerto y adaptados a las rutas. Por ejemplo, las carnes del Chops Grille vienen de Linz Heritage Angus, uno de los proveedores más reputados de Estados Unidos.

El vino del jefe (y los cócteles de media tarde)

No todo es comida. También se bebe. Bien. En todos los bares hay vinos, cervezas, refrescos y una carta de cócteles que no decepciona. Pregunté a Bayley cuál era su vino favorito. Me dijo: el Kim Crawford Sauvignon Blanc. «En el supermercado cuesta 15 dólares, en el barco lo servimos por 17». Directo y sin rodeos. No es mal negocio.

Paquete de bebida, ¿entonces sí o no? Por todo el barco encontrarás fuentes de agua, hielo, café y refrescos de forma gratuita, así que si no eres de cócteles puedes pasar sin gastar extra. Pero si quieres barra libre, los paquetes de bebida encarecen un poco el presupuesto: el más completo cuesta unos 100 dólares por persona y día. Para que salga a cuenta, hay que tomarse al menos cinco bebidas alcohólicas diarias. Si no, es mejor pagar solo lo que consumas.

Hay bares para todos. Rye & Bean mezcla café de especialidad con alcohol, Lou’s te transporta a Nueva Orleans y Bubbles es perfecto para brindar con algo de burbujas en medio de Central Park. En las diferentes cubiertas hay muchas más cosas. Desde la clásica piña colada hasta cócteles de autor y lo mejor, es que puedes elegir según el momento del día.

Y todo lo que sobra, ¿se tira?

Con tanta comida circulando, la pregunta es inevitable: ¿qué pasa con lo que sobra? Ya no solo lo hay en el plato, sino lo que se expone y no se consume. Ya fue en el Icon of the Seas -y ahora también en el Star- donde Royal Caribbean puso en marcha un sistema que convierte los residuos en energía. Se llama pirólisis asistida por microondas y microgasificación automática, pero lo importante es que transforma restos orgánicos en biocarbón o gas reutilizable.

Antes de eso, utilizan IA para predecir consumos. ¿Sobraron 12 kilos de lasaña? Mañana se hace menos. ¿Lluvia en el horizonte? Más sopa y comida caliente. Incluso analizan nacionalidades a bordo para prever si se pedirán más arroz o más hamburguesas.

En definitiva, esto no va solo de alimentarse. Es una experiencia en sí misma y una por la que uno puede decantarse por elegir unas vacaciones en crucero. Puedes ir de bar en bar, de puesto en puesto, y no repetir ni una vez en una semana. Si alguna vez pensaste que en un crucero se comía regular, el Star viene a desmontar mitos.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.