La nueva exposición del Palacio de Gaviria deja a un lado los relojes blandos para enseñarnos al Dalí de los elefantes imposibles, las esculturas gigantes, Gala y la física nuclear. Sí, has leído bien.

Hay dos tipos de personas: las que entran en una exposición, miran dos cuadros, leen tres cartelas y salen diciendo “muy interesante”; y las que se pasan media hora mirando una escultura preguntándose qué demonios quiso decir alguien con un caballo que ríe o un elefante con patas larguísimas. Si eres de las segundas, tengo plan.

Dalí Infinito, la nueva exposición del Palacio de Gaviria, es una fantasía. Y lo es porque no va del Dalí que todos conocemos. Aquí no vienes a ver otra vez los relojes blandos ni a hacerte la foto delante del bigote. Aquí vienes a descubrir al Dalí más raro – que ya es decir -, al más excesivo, al más teatral y al que, de repente, decidió que necesitaba convertir todas sus obsesiones en esculturas gigantes.

Y claro, cuando las obsesiones son Dalí, salen cosas como un elefante larguísimo que parece andar sobre zancos infinitos, una mujer subiendo una escalera en pleno equilibrio imposible o una cabeza de caballo riéndose de ti. Literalmente.

La exposición ocupa el Palacio de Gaviria, que ya de por sí parece el escenario de una película un poco extraña. Techos pintados, lámparas, espejos, salones enormes y esa sensación de estar entrando en una casa en la que en cualquier momento puede aparecer alguien con capa. Solo que aquí, en lugar de eso, te encuentras de golpe con una escultura monumental de Dalí en mitad de la sala. Y funciona sorprendentemente bien. Porque el edificio y el artista tienen algo en común: ninguno de los dos entiende de discreción.

La muestra se centra en las esculturas que Dalí empezó a crear a partir de 1973, cuando ya había hecho prácticamente de todo y decidió seguir yendo un paso más allá. En total hay 14 esculturas repartidas por las distintas salas del palacio. Algunas son enormes. Otras son directamente imposibles. Y todas tienen esa mezcla de sueño raro, delirio elegante y teatralidad absoluta que hace que, aunque no entiendas muy bien qué estás viendo, no puedas dejar de mirarlo.

La primera que se te queda grabada es Elefante Cósmico. Si has visto alguna vez esos elefantes dalinianos de patas interminables, aquí están, pero en versión escultura gigante. Parece una criatura salida de un sueño después de cenar demasiado queso. Es extrañísimo y maravilloso a la vez.

Luego está Mujer desnuda subiendo escalera, que consigue convertir algo tan cotidiano como subir unos escalones en una escena rarísima, elegante y un poco imposible. Y después aparece Cabeza de caballo riendo, que tiene exactamente el efecto que imaginas: primero te ríes, luego te incomoda y después vuelves a mirarla porque no sabes si te encanta o te da un poco de miedo.

También están Cristo de San Juan de la Cruz, Ama de Llaves o Alma del Quijote. Y aquí empieza lo divertido, porque cada escultura parece venir de una de las fijaciones de Dalí. Que si la religión, que si la ciencia, que si el Mediterráneo, que si Don Quijote, que si Gala. Dalí era una especie de Pinterest humano antes de que existiera Pinterest: iba acumulando ideas, obsesiones, referencias, símbolos y personajes, y luego los mezclaba todos hasta crear algo completamente suyo.

Hay una sala dedicada a la religión y al misticismo, pero, claro, al misticismo según Dalí. Nada de estampitas ni solemnidad aburrida. Aquí hay Cristos flotando, referencias a Adán y Eva, a San Juan Bautista y a eso que él llamaba “mística nuclear”. Porque, en algún momento de su vida, Dalí decidió obsesionarse con la física, los átomos y la desintegración de la materia. Y lo fuerte es que, en vez de quedarse en la teoría, convirtió todo eso en arte. Sí, Dalí era esa persona capaz de mezclar a la Virgen con la física cuántica y que, de alguna manera, quedara bien.

También hay espacio para su lado más español y un poco folclórico. Una parte de la exposición habla de su fascinación por el flamenco, por las fiestas que montaba en Cadaqués y por su amistad con Federico García Lorca. De ahí sale La Crótalos, una pequeña bailarina gitana que parece congelada en mitad de un taconeo. Y luego está Gala. Siempre Gala.

Porque si algo deja claro la exposición es que Gala no era solo “la mujer de Dalí”. Era su musa, su inspiración, su manager, su obsesión y probablemente la única persona capaz de poner un poco de orden en esa cabeza. Aparece por todas partes: en dibujos, en retratos, en bocetos, convertida casi en una especie de diosa privada. Hay una sala dedicada a ella y es imposible salir de allí sin pensar que, sin Gala, probablemente no existiría el Dalí que conocemos.

Además de las esculturas, la exposición tiene dibujos originales, óleos, bocetos, ilustraciones y una parte dedicada a La Divina Comedia. Y si ya te parecía difícil imaginar a Dalí reinterpretando a Dante, espera a verlo. El infierno, el purgatorio y el paraíso se convierten aquí en algo muy suyo: figuras extrañas, colores imposibles, escenas que parecen salidas de un sueño raro y una estética tan excesiva que no puedes dejar de mirar.

También hay fotografías tomadas por Jacques Leonard, amigo de Dalí, que enseñan una versión mucho más terrenal del artista. Está en casa, con el paisaje, tranquilo, casi normal. Bueno, todo lo normal que podía ser Dalí. Y precisamente por eso son de las imágenes más curiosas de toda la exposición.

Lo mejor de Dalí Infinito es que sales sin entender del todo algunas cosas. Pero sales encantada. Y con ganas de volver a mirar ese elefante una vez más, por si ahora sí.

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