Hay exposiciones que no se miran solo con los ojos, sino con la memoria de la calle. Arte urbano. De los orígenes a Banksy, la nueva muestra de la Fundación Canal, llega a Madrid con esa intención clara: ordenar, contextualizar y poner en diálogo un movimiento que nació fuera de los museos y que hoy ocupa salas enteras sin perder del todo su pulso incómodo. Del 4 de febrero al 3 de mayo de 2026, la Sala Mateo Inurria 2 se convierte en un mapa vivo del arte urbano, desde sus primeras firmas en el Nueva York de los años sesenta hasta su dimensión global y mediática actual.
La exposición, comisariada por Patrizia Cattaneo Moresi, reúne más de 60 obras y plantea un recorrido cronológico que ayuda a entender cómo un gesto casi anónimo -una tag, una firma- acabó transformándose en un lenguaje visual complejo, cargado de códigos, estilos y mensajes políticos. Aquí, la ciudad no es solo el soporte: es el tema, el contexto y, muchas veces, el conflicto.
El arranque nos devuelve a los orígenes, cuando el grafiti era una herramienta de visibilidad y afirmación identitaria. Firmar un muro era reclamar un espacio propio en una ciudad que no siempre miraba a sus márgenes. De ahí se pasa, casi sin darnos cuenta, a un momento clave: el salto de la calle al sistema del arte contemporáneo. A partir de los años ochenta, galerías y museos empiezan a interesarse por estas prácticas que, sin perder su carga crítica, demuestran una potencia estética arrolladora. El arte urbano entra en diálogo con nuevos soportes, técnicas y discursos, y la pared deja de ser solo un lugar de confrontación para convertirse también en espacio de diálogo con la arquitectura, la memoria y la identidad colectiva.
El recorrido es internacional y ambicioso. Conviven nombres fundamentales como Jean-Michel Basquiat, Keith Haring, TAKI 183, SEEN o Blek le Rat, con artistas que han definido la expansión global del movimiento en las últimas décadas, como JR u Os Gêmeos. También hay un guiño claro a la escena española, con obras de SUSO33, El Xupet Negre o PichiAvo, que demuestran que el arte urbano no entiende de fronteras, pero sí de contextos.
Uno de los grandes atractivos de la muestra es su apartado monográfico dedicado a Banksy, figura clave para entender la dimensión simbólica y mediática del arte urbano en el siglo XXI. Sus obras funcionan aquí casi como un espejo incómodo: denuncian, ironizan y obligan al espectador a posicionarse. Banksy no solo es un artista, es un fenómeno cultural que ha sabido moverse entre la ilegalidad, el mercado y la cultura popular sin perder su capacidad de provocar.
El tramo final de la exposición abre el foco hacia el presente. Desde los años 2000, internet y las redes sociales han cambiado radicalmente la forma en que el arte urbano circula y se consume. Las obras ya no existen solo en el lugar donde se realizan: se reproducen, se comparten y se reinterpretan a escala global. Esa visibilidad inmediata ha ampliado su público, pero también ha generado nuevas tensiones entre rebeldía e institucionalización, creatividad e ilegalidad.
Más que una línea recta, Arte urbano. De los orígenes a Banksy propone un mapa de conexiones, influencias y desplazamientos. Un recorrido que ayuda a entender por qué el arte urbano sigue siendo una de las formas más potentes y directas de interpretar el mundo contemporáneo. Y por qué, incluso dentro de un museo, sigue oliendo un poco a calle.






