Del 14 de febrero al 3 de mayo podrá visitarse, en las salas de exposiciones de FUNDACIÓN MAPFRE (Paseo de Recoletos, 23), la muestra EL CANTO DEL CISNE. PINTURAS ACADÉMICAS DEL SALÓN DE PARÍS. COLECCIONES MUSÉE D´ORSAY, que presenta una selección de la mejor pintura académica francesa de la segunda mitad del siglo XIX.
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Por primera vez se presenta una exposición de estas características, que supone una gran novedad en el panorama internacional. En esta ocasión, se reúnen las grandes obras de los pintores considerados académicos en los salones parisinos del siglo XIX. Tradicionalmente, la historia parece haberles concedido sólo el papel de contrapunto necesario para la reacción del impresionismo y del resto de tendencias que parecen conducir directamente a las vanguardias y el arte del siglo XX. Sin embargo, este tipo de pintura, espléndida y refinada, marca una de las páginas más brillantes de la historia del arte como última heredera de la tradición de la gran pintura.
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Lo que podemos entender como pintura académica engloba a una serie de artistas que buscaron distintas maneras de modernizar una tradición que se basaba en la creencia en un ideal de belleza eterno, compartido por todos, que encontraba su perfecta expresión en la escultura griega. Todo ello en unos tiempos en los que el mundo había sufrido profundas transformaciones a causa de las sucesivas revoluciones políticas, económicas y sociales del siglo XIX, en los que el desarrollo de la arqueología había mostrado una Antigüedad heterogénea y cambiante y en los que las fórmulas estéticas y morales impuestas desde el neoclasicismo se estaban agotando. Así pues, estos artistas se enfrentaron al reto de crear un equilibrio entre la tradición y la necesidad de nuevos modelos, capaces de evolucionar en una sociedad en continuo cambio.
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Esta pintura no es por tanto un conjunto homogéneo con unas mismas normas y modelos, sino el intento de readecuar unos principios –fundamentalmente el de una belleza eterna y universal- a una sociedad en plena evolución. Estos pintores, además, no siempre gozaron del favor del público, de la Academia ni de la crítica, sino que intentaron adaptar a su manera la tradición de la gran pintura a un mundo que parecía descubrir la volatilidad del gusto y de la moda.
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A mediados del siglo XIX la Academia de Bellas Artes francesa pasó paulatinamente a convertirse en una institución pública, dependiente de unos poderes eminentemente burgueses. El Salón, que de ella dependía y cuyo origen se encuentra en la exposición celebrada en 1763 en el Salón Carré del Louvre, de donde toma su nombre, es una institución cada vez más abierta, que  comenzó a difundir el gusto y también la moda, adquiriendo gran influencia en la cultura francesa y en el resto de Europa. A partir de este momento, en el Salón se unirían las distintas fuerzas que iban a configurar el gusto: el jurado, que representaba a la agonizante Academia, los poderes públicos, principales compradores de las obras expuestas, y, por primera vez, el público y la naciente crítica de arte, principales protagonistas de la democratización del arte, en el sentido que le damos actualmente.
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Los artistas e intelectuales de la época fueron muy sensibles al malestar que creaba el mundo moderno, el positivismo y la industrialización (el spleen de Baudelaire) y a ese mundo desconcertante y lleno de cambios que iba perdiendo las grandes convicciones inamovibles de la tradición. A todas estas cuestiones respondieron con una huida al pasado, pero también a lo exótico y lejano.
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